El desierto del alma
Era extraño que esa noche fuera hermosa,
las estrellas no llegaban a poblar el cielo, pero con toda su oscuridad y tan
solo el brillo tenue de la luna hacia que fuera una noche divina.
Hubiéramos ido a bailar, hubiéramos
degustado una deliciosa cena, nos hubiéramos besado por horas bajo esa noche
esplendida y la hubiera llevado a casa… ¡Ay! si tan solo existiera el “hubiera”…
Pero ella paso el punto sin retorno, y me dejo con la única opción que me
quedaba, manejar la camioneta tan rápido como fuera posible, tratar de alejarme
del doloroso recuerdo que ardía como el mismo infierno en mi pecho.
Aquella noche el kilometraje ascendía a
190 y quizás no era lo más rápido considerando que viajaba en autopista, pero
no podía ir más lento. Trataba de huir, aunque no sabía bien de que, pues lo
hecho, hecho estaba.
La masa sanguinolenta incrustada en mis
zapatos, la sangre ya seca en el volante y la ligera pestilencia de la cajuela me
hacían apenas sentir un poco de culpabilidad. Demonios, ¿cuánto tiempo llevaba
manejando?... Se acercaba la hora de sacar la basura.
Fue curioso que después de 2 días sonara
mi celular, pensé que sería antes, pero sí, era su mamá.
Hola señora- dije.
No, no he sabido nada de ella desde que
salí de viaje, ¿se acuerda? salí hace días y ella ni una llamada me ha dado…-Dije
con voz muy natural.
Ya sabe que se peleó conmigo, seguro sigue
enojada…. Sí, no se preocupe señora, seguro se fue con alguna amiga, siempre que
se enoja conmigo se desaparece por un rato - Pensé, “No esta vez”.
Pero si ella me llama, yo le aviso… Sí,
adiós, que este bien-colgué-.
Argg… me dieron nauseas al decir tanta
estupidez.
Querida, ya casi llegamos- le dije
suavemente al cuerpo inerte que yacía a un lado del de él. Acaricie un mechón
de su cabello muerto, se lo arranque, lo olfateé, lo tire al piso. El hombre
amordazado se movió frenéticamente, trato de gritar. Yo volví a cerrar la
maldita cajuela.
Seguí mi camino, parando solo en la
gasolinera que me indicaba que había llegado a mi antiguo hogar, Hermosillo,
Sonora. Y pensar que tenía que manejar todavía más, para poder llegar a Nogales…
Esa noche descanse como un bebe en el
interior de mi camioneta, y aunque él seguía golpeando en el interior de la
cajuela, eso no me impidió que soñara plácidamente.
A la mañana siguiente, muy temprano, salí
hacia Nogales. No recuerdo cuando fue la última vez que disfrute tanto un viaje.
Y entonces llegue… El desierto.
Ese desierto estaba tan vacío como yo, tan
caliente como el fuego que me quemaba por dentro. Ese silencio simplemente
hipnotiza. Era perfecto, un silencio en el cual los gritos de un hombre jamás
serían escuchados, donde el viento arrastraría sus súplicas y en donde ni su
sombra podría hacerle compañía a la hora de su muerte.
A la mitad del desierto me detuve, era
hora de saldar cuentas. Al abrir la cajuela él se deslumbro por los rayos del
sol, apretó los ojos lo más que pudo tratando de cerrarlos. Él estaba exhausto
y deshidratado.
El primer cuerpo que saque de la cajuela
fue el de ella, ya se encontraba en descomposición, apestaba ciertamente. Lo
deje rodar por mis piernas hacia el suelo, cual bulto de basura lo deje
caer.
A él le quite la cinta que cubría su boca.
Enseguida me susurro- No hagas esto, no por favor….
Eras mi mejor amigo y ella, mi futura
esposa- Fue todo lo que dije, en mi voz escuche el más grande desprecio de mi
alma.
De inmediato lo saque de la cajuela,
apestaba horriblemente ese lugar, la mezcla entre carne putrefacta, sangre
añeja y los desechos de él hubieran hecho que cualquier persona vomitará hasta
los intestinos. Lo pateé en las piernas y le hice caer, sin perder tiempo le
corte con el filo de mi navaja los tendones de los tobillos para que no pudiera
caminar. Chilló como un cerdo siendo asesinado.
El chorro de sangre hidrató la tierra debajo de sus pies.
Me incorpore, lo mire una vez más con el
mayor rencor que pude sentir y antes de que él dijera algo, yo estaba subiendo
a la camioneta.
Dentro de la camioneta, tuve que retener
mi instinto de atropellarlo. Deseaba que sufriera, que el desierto se los
comiera. Así que tan solo di media vuelta, muy lentamente, dejándolos atrás, a
él y a aquel cuerpo marchito, para siempre.
Mientras manejaba, mire por el retrovisor,
pude distinguir como él abrazó suavemente el cuerpo, lo apretó, se recostó
sobre ella y cerró los ojos.
Así, sin darme cuenta, una lágrima
salió de mis ojos.
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